Veni, Creator Spiritus: El Himno Milenario que Invoca al Espíritu Santo

Veni, Creator Spiritus: El Himno Milenario que Invoca al Espíritu Santo

El himno con que la Iglesia llama al Espíritu

Hay oraciones que nacen en una celda monástica y terminan resonando bajo las bóvedas de San Pedro. El Veni, Creator Spiritus es una de ellas. Según la tradición, fue compuesto en el siglo IX por Rábano Mauro, abad de Fulda y arzobispo de Maguncia, en una época en que la Iglesia carolingia trataba de fijar en latín métrico las grandes verdades de la fe para que los monjes las cantasen en el Oficio. Desde entonces, este himno no ha dejado de cantarse: lo entonan los cardenales antes de entrar en cónclave, los obispos en las ordenaciones presbiterales, los fieles en la administración de la Confirmación y los esposos al inicio del matrimonio. Se reza también en la apertura de sínodos, concilios y cursos académicos, allí donde la Iglesia confiesa que sin el Espíritu nada puede hacer.

En el Oficio Divino aparece en las Vísperas de Pentecostés y de su octava, y la piedad popular lo ha hecho suyo cada vez que alguien pide luz para una decisión difícil. No es un himno arqueológico: es la voz de una Iglesia que, doce siglos después, sigue suplicando lo mismo que los apóstoles encerrados en el Cenáculo.

Texto completo del Veni, Creator Spiritus

Ven, Espíritu Creador,
visita las almas de tus fieles,
llena de la divina gracia los corazones
que Tú mismo has creado.

Tú, llamado el Paráclito,
don del Dios altísimo,
fuente viva, fuego, caridad
y espiritual unción.

Tú derramas sobre nosotros los siete dones;
Tú, dedo de la diestra del Padre;
Tú, fiel promesa del Padre,
que inspiras nuestras palabras.

Enciende con tu luz nuestros sentidos,
infunde tu amor en nuestros corazones
y, con tu perpetuo auxilio,
fortalece la flaqueza de nuestra carne.

Aleja de nosotros al enemigo,
danos pronto la paz;
siendo Tú mismo nuestro guía,
evitaremos todo lo nocivo.

Por Ti conozcamos al Padre
y también al Hijo;
y que en Ti, Espíritu de entrambos,
creamos en todo tiempo.

Gloria a Dios Padre
y al Hijo que resucitó de entre los muertos,
y al Espíritu Consolador,
por los siglos de los siglos. Amén.

Reflexión y significado

Cuando uno se ha pasado veinte años recorriendo comunidades, lo primero que descubre rezando este himno es que no estamos pidiendo «algo» al Espíritu Santo: le estamos pidiendo que venga Él mismo. «Veni» —ven— es el grito de la Esposa al final del Apocalipsis (Ap 22,17), el mismo que Kiko Argüello recordaba cuando insistía en que la liturgia no es una clase de teología, sino una epiclesis prolongada. La primera estrofa lo dice sin rodeos: el que va a venir es el «Creador Spiritus», el mismo que aleteaba sobre las aguas en Génesis 1,2. La obra de la creación y la obra de la santificación tienen la misma firma.

El Catecismo recoge esta tradición con una claridad sobrecogedora. En el número 700 enseña que el dedo de Dios —«dígitus patérnæ déxteræ»— es uno de los símbolos del Espíritu Santo, y recuerda que con ese dedo escribió Moisés las Tablas de la Ley y con ese dedo Jesús expulsa demonios (Lc 11,20). Cuando cantamos la tercera estrofa, estamos confesando que la misma fuerza que grabó el Decálogo en piedra quiere grabar ahora la Ley nueva en nuestros corazones de carne, según la promesa de Jeremías 31,33. Y el CCC 1831, al enumerar los siete dones —sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios—, nos ofrece la clave de la estrofa «Tu septifórmis múnere»: no son siete adornos para almas piadosas, sino las disposiciones permanentes que hacen al cristiano dócil a las mociones del Espíritu.

San Basilio Magno, en su Tratado sobre el Espíritu Santo, escribió que el Espíritu es «el lugar de los santificados», porque en Él habitamos como el pez habita en el agua. Esta intuición patrística está en la cuarta estrofa: «accénde lumen sénsibus, infúnde amórem córdibus». No se trata de un sentimentalismo religioso, sino de la transformación real de la inteligencia y de la voluntad. San Agustín lo formuló de modo lapidario en sus Tratados sobre el Evangelio de Juan: sin el Espíritu, el Evangelio es letra muerta; con Él, es Espíritu y Vida (cf. Jn 6,63).

La quinta estrofa, «Hostem repéllas lóngius», nos sitúa en el combate espiritual real. El bautizado no vive en una burbuja: vive en el mundo, expuesto al Maligno. Pedimos al Espíritu que sea Él el «ductor», el que va delante, porque sólo así evitaremos «omne nóxium». Esto enlaza con lo que san Pablo dice en Romanos 8,14: «todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios». La filiación divina no es una etiqueta, es un dejarse conducir.

Y la sexta estrofa es pura teología trinitaria: por el Espíritu conocemos al Padre y al Hijo. San Juan Pablo II, en la encíclica Dominum et Vivificantem (1986), insistía en que el Espíritu Santo es el «protagonista escondido» de toda la vida cristiana, el que nos introduce en el misterio de la comunión trinitaria. Quien reza este himno cada mañana descubre, con los años, que su vida se va volviendo eucarística: agradecimiento al Padre, configuración con el Hijo, docilidad al Paráclito. Eso es lo que la Iglesia ha llamado siempre «vida en el Espíritu», y por eso el Veni, Creator sigue siendo, hoy como en el siglo IX, la oración con la que un cristiano puede empezar cualquier cosa que valga la pena empezar.

Fuentes

  • Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 683-747 (El Espíritu Santo), n. 700 (el dedo de Dios), nn. 1830-1832 (los dones del Espíritu Santo).
  • Sagrada Escritura: Génesis 1,2; Jeremías 31,33; Lucas 11,20; Juan 6,63; Romanos 8,14; Apocalipsis 22,17.
  • San Basilio Magno, Tratado sobre el Espíritu Santo (De Spiritu Sancto), cap. IX, 22-23.
  • San Agustín de Hipona, In Iohannis Evangelium Tractatus, tratados sobre Juan 6 y 14.
  • San Juan Pablo II, Carta encíclica Dominum et Vivificantem sobre el Espíritu Santo en la vida de la Iglesia y del mundo (18 de mayo de 1986).
  • Liturgia Horarum, Vísperas de Pentecostés y de la solemnidad de Pentecostés (himno Veni, Creator Spiritus atribuido a Rábano Mauro, s. IX).

Sobre el autor

Rosa Fernández lleva más de veinte años recorriendo el Camino Neocatecumenal en distintas comunidades de España e Italia. Formada en el itinerario catequético de Kiko Argüello y Carmen Hernández, escribe desde la experiencia del redescubrimiento bautismal y la centralidad de la Palabra y la Eucaristía.

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