Te Deum: La Historia y el Texto del Himno de Alabanza Más Solemne
Un himno nacido del corazón de la Iglesia
El Te Deum es uno de los himnos más antiguos de la cristiandad latina, un canto que la Iglesia ha entonado ininterrumpidamente desde, al menos, finales del siglo IV. Según la tradición piadosa, San Ambrosio y San Agustín lo improvisaron al alimón la noche del Bautismo del joven Agustín, en la vigilia pascual del 387 en Milán. Aunque la crítica moderna inclina la autoría hacia Nicetas de Remesiana, obispo de la actual Serbia hacia el año 400, esa leyenda no es ingenua: revela el lugar bautismal del himno, su nacimiento en el agua que hace cristianos.
Desde muy pronto entró en el Oficio Divino. La Regla de San Benito, escrita hacia el 540, ya lo prescribe para el final de los Maitines dominicales y festivos, costumbre que la Liturgia de las Horas conserva hoy al cierre del Oficio de Lectura en domingos, solemnidades y fiestas. Más allá del coro monástico, la Iglesia lo entona en los grandes momentos de gratitud colectiva: la elección de un nuevo Papa, la consagración episcopal, la canonización de un santo, el fin del año civil con la indulgencia plenaria que concede el Magisterio, o tras una victoria sobre el mal. No es un canto cualquiera: es la Iglesia entera abriéndose paso entre las puertas del cielo.
Texto completo del Te Deum
A ti, oh Dios, te alabamos, a ti, Señor, te reconocemos.
A ti, eterno Padre, te venera toda la creación.
Los ángeles todos, los cielos y todas las potestades te honran.
Los querubines y serafines te cantan sin cesar:
Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del universo.
Los cielos y la tierra están llenos de la majestad de tu gloria.
A ti te ensalza el glorioso coro de los apóstoles,
la multitud admirable de los profetas,
el blanco ejército de los mártires.
A ti la santa Iglesia, extendida por toda la tierra, te aclama:
Padre de inmensa majestad,
Hijo único y verdadero, digno de adoración,
Espíritu Santo, Defensor.
Tú eres el Rey de la gloria, Cristo.
Tú eres el Hijo único del Padre.
Tú, para liberar al hombre, aceptaste la condición humana sin desdeñar el seno de la Virgen.
Tú, rotas las cadenas de la muerte, abriste a los creyentes el Reino de los Cielos.
Tú estás sentado a la derecha de Dios en la gloria del Padre.
Creemos que un día has de venir como juez.
Te rogamos, pues, que vengas en ayuda de tus siervos, a quienes redimiste con tu preciosa sangre.
Haz que en la gloria eterna nos asociemos a tus santos.
Salva a tu pueblo, Señor, y bendice tu heredad.
Sé su pastor y ensálzalo eternamente.
Día tras día te bendecimos
y alabamos tu nombre para siempre, por eternidad de eternidades.
Dígnate, Señor, en este día guardarnos del pecado.
Ten piedad de nosotros, Señor, ten piedad de nosotros.
Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti.
En ti, Señor, confié, no me veré defraudado para siempre.
Reflexión y significado
Hermanos, cuando un cristiano canta el Te Deum no está pronunciando una poesía bonita: está haciendo memoria de su Bautismo. Por eso me conmueve tanto la leyenda ambrosiana, porque toca el nervio del himno. Si Agustín salió del agua confesando "A ti, oh Dios, te alabamos", es porque acababa de descubrir lo que el Catecismo formula así: "Por el Bautismo somos liberados del pecado y regenerados como hijos de Dios; llegamos a ser miembros de Cristo y somos incorporados a la Iglesia" (CCC 1213). El Te Deum es el canto del recién nacido en Cristo que, todavía con el agua escurriéndole de la frente, se descubre dentro de un coro inmenso: ángeles, querubines, apóstoles, profetas, mártires. Esto no es metáfora. Es la liturgia celestial, la misma que describe el Apocalipsis cuando Juan ve "una muchedumbre inmensa, que nadie podía contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua… clamando con voz potente: La salvación es de nuestro Dios" (Ap 7,9-10).
El centro estructural del himno es trinitario, y no por adorno. La primera parte alaba al Padre, la segunda confiesa a Cristo Rey de la gloria, la tercera implora al Consolador. El Te Deum es, sin saberlo muchos, una catequesis trinitaria cantada. El Catecismo recuerda que "el misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana" y que "toda la historia de la salvación no es otra cosa que la historia del camino y de los medios por los cuales el Dios verdadero y único, Padre, Hijo y Espíritu Santo, se revela a los hombres" (CCC 234). Quien reza este himno no se limita a recitar dogma: se mete dentro de la confesión de la Iglesia.
Hay un verso que siempre me detiene: "Tú, para liberar al hombre, aceptaste la condición humana sin desdeñar el seno de la Virgen". Es el kerigma puro. El Hijo eterno no rehuyó la carne de María porque vino a buscarnos donde estábamos, en el barro de nuestra historia. San Atanasio lo formuló de manera lapidaria en La Encarnación del Verbo: "Se hizo hombre para que nosotros fuésemos hechos Dios". Esa es la lógica que el Te Deum canta a gritos. Y por eso desemboca, casi sin avisar, en la súplica desnuda: "Ten piedad de nosotros, Señor". La alabanza verdadera nunca es triunfalismo; siempre termina pidiendo misericordia, porque el que ha visto la gloria de Dios sabe quién es él mismo.
El fruto espiritual del Te Deum, según la Tradición, es doble: gratitud y esperanza. Gratitud por la obra ya hecha —Cristo ha vencido la muerte, ha abierto los cielos, está sentado a la derecha del Padre—, y esperanza porque "creemos que un día has de venir como juez". El cristiano que reza este himno cada domingo en el Oficio de Lectura va entrenando el corazón para vivir entre esas dos venidas, como hijo agradecido y como vigilante despierto. No conozco mejor medicina contra el desánimo. Cuando uno está hundido, cantar "en ti, Señor, confié, no me veré defraudado para siempre" es ponerse en pie. Eso es lo que la Iglesia nos regala: no autoayuda, sino la certeza de pertenecer al pueblo redimido.
Fuentes
- Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1213 (Bautismo como regeneración) y 234 (la Trinidad, misterio central de la fe).
- Sagrada Biblia: Apocalipsis 7,9-10 (la muchedumbre que alaba ante el trono).
- San Atanasio de Alejandría, La Encarnación del Verbo, 54 (BAC, Madrid).
- Regla de San Benito, capítulo 11 (prescripción del Te Deum al final de Maitines dominicales).
- Liturgia de las Horas, vol. I, "Ordinario del Oficio de Lectura" (Coeditores Litúrgicos), donde se prescribe el himno en domingos, solemnidades y fiestas.
- Enchiridion Indulgentiarum, concesión n. 26: indulgencia plenaria por el canto público del Te Deum el 31 de diciembre.
Sobre el autor
Rosa Fernández lleva más de veinte años recorriendo el Camino Neocatecumenal en distintas comunidades de España e Italia. Formada en el itinerario catequético de Kiko Argüello y Carmen Hernández, escribe desde la experiencia del redescubrimiento bautismal y la centralidad de la Palabra y la Eucaristía.