Padre Nuestro: la oración que nos enseñó Jesús 🙏

¿Cuántas veces lo hemos rezado sin detenernos a pensar lo que decimos? El Padre Nuestro es, probablemente, la oración que más labios cristianos ha pronunciado en dos mil años de historia. La recita el niño que aprende a santiguarse y el anciano que se despide del mundo; se reza en la basílica de San Pedro y en la celda de una prisión. Y sin embargo, pocas oraciones esconden tanta hondura bajo una aparente sencillez. No la compuso un teólogo ni un poeta: la puso en nuestros labios el mismo Jesús cuando sus discípulos, conmovidos al verlo orar, le pidieron: «Señor, enséñanos a orar» (Lc 11, 1).

Contexto histórico: la única oración que Jesús enseñó

El Padre Nuestro es el único formulario de oración que Jesucristo enseñó expresamente a los suyos. Los Evangelios nos lo transmiten en dos versiones: la más solemne y conocida, dentro del Sermón de la Montaña (Mateo 6, 9-13), y otra más breve en Lucas (11, 2-4), pronunciada precisamente como respuesta a la petición de los discípulos. No es casual el contexto: en Mateo, Jesús acaba de advertir contra la oración vacía de los hipócritas y el «mucho hablar» de los paganos. Frente a esa palabrería, ofrece una oración medida, sobria, hecha de pocas palabras que lo contienen todo.

La tradición de la Iglesia veneró desde muy pronto esta oración. La Didaché, escrito cristiano de finales del siglo I, ya prescribía rezarla tres veces al día, recogiendo la costumbre judía de las plegarias diarias y dándole un corazón nuevo. Tertuliano, hacia el año 200, la llamó con una expresión que ha hecho fortuna: «breviarium totius Evangelii», el compendio de todo el Evangelio (De oratione, 1). San Cipriano de Cartago le dedicó un tratado entero, De dominica oratione, subrayando que quien tiene a Dios por Padre debe comportarse como hijo. Y san Agustín, en su célebre carta a la viuda Proba, afirmaba que, recorridas todas las plegarias de la Escritura, no se encuentra nada que no esté ya contenido, de un modo u otro, en esta oración del Señor (Carta 130).

Por eso la Iglesia la llama también «oración dominical»: la oración del Señor, porque viene de Él. El Catecismo de la Iglesia Católica le dedica el broche final de toda su exposición (nn. 2759-2865) y la sitúa en el corazón de la liturgia: la rezamos en cada Misa, después de la plegaria eucarística y antes de la comunión, como preparación para recibir el Pan que pedimos en ella. No es un texto entre muchos: es la oración cristiana.

Texto completo del Padre Nuestro

Esta es la versión litúrgica oficial que se reza en España, recogida en el Misal Romano (tercera edición, 2017):

Padre nuestro, que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre;
venga a nosotros tu reino;
hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal.
Amén.

Reflexión y significado: siete peticiones, todo el Evangelio

El Padre Nuestro se abre con una invocación y se despliega en siete peticiones: las tres primeras nos orientan hacia Dios y su gloria; las cuatro siguientes le presentan nuestra necesidad. No empezamos pidiendo para nosotros, sino deseando lo suyo. Ese orden ya es una lección de oración.

¿Por qué decimos «Padre» y no «Dios»?

«Padre nuestro, que estás en el cielo». La primera palabra lo cambia todo. Jesús no nos enseñó a dirigirnos a un poder lejano, sino a un Padre. Usó la palabra aramea Abbá, que en su intimidad significaba algo tan tierno como «papá», y nos la regaló: «Habéis recibido un espíritu de hijos adoptivos, que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre!» (Romanos 8, 15; cf. Gálatas 4, 6). Atreverse a llamar Padre a Dios no es una conquista nuestra, sino un don del Espíritu (Catecismo, n. 2777-2778).

Y decimos «nuestro», no «mío». Quien reza el Padre Nuestro nunca reza solo: se reconoce hermano de todos los demás hijos de Dios. No se puede invocar al Padre común y, a la vez, cerrar el corazón al hermano. «Estás en el cielo» no señala un lugar lejano, sino la trascendencia y la majestad de Dios, que sin embargo se ha hecho cercano (n. 2794-2796).

Las tres peticiones que miran a Dios

«Santificado sea tu Nombre». No pedimos darle a Dios una santidad que ya posee, sino que su Nombre sea reconocido, bendecido y glorificado en nosotros y por nosotros. Como anunció el profeta: «Manifestaré la santidad de mi Nombre grande» (Ezequiel 36, 23). La santidad de Dios resplandece, sobre todo, cuando su pueblo vive como hijo suyo (Catecismo, n. 2807-2815).

«Venga a nosotros tu reino». Anhelamos el Reino que Jesús inauguró y que se consumará al final de los tiempos: un reino de justicia, de amor y de paz. Pedirlo es comprometerse a buscarlo «en primer lugar» (Mateo 6, 33) y a dejar que crezca, como semilla, en el surco de nuestra vida (n. 2816-2821).

«Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo». Aquí el cristiano se mide. Es la oración de Jesús en Getsemaní: «No se haga mi voluntad, sino la tuya» (Mateo 26, 39). No es resignación, sino confianza: creer que la voluntad de un Padre bueno es siempre nuestro bien, aunque a veces no lo entendamos (n. 2822-2827).

¿Qué pan le pedimos cada día?

«Danos hoy nuestro pan de cada día». Pedimos, sin avergonzarnos, lo necesario para vivir: el pan material, el trabajo, el techo, lo que sostiene la existencia de cada jornada. Pero la tradición vio aquí también el Pan de la Eucaristía, alimento del alma, y la Palabra de Dios. Decimos «danos», en plural: pedir mi pan es comprometerme a que no falte el de mi hermano (Catecismo, n. 2828-2837).

«Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden». Es la única petición que ponemos bajo condición, y Jesús quiso subrayarla al terminar: «Si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, también os perdonará vuestro Padre celestial» (Mateo 6, 14-15). El perdón recibido y el perdón dado son inseparables. No porque Dios sea tacaño, sino porque un corazón cerrado al hermano se vuelve incapaz de acoger la misericordia que se le ofrece (n. 2838-2845).

¿Acaso Dios nos induce al mal?

«No nos dejes caer en la tentación». La fórmula puede desconcertar, porque «Dios no tienta a nadie» (Santiago 1, 13). No pedimos que Dios nos libre de ser probados —la fe se forja en la prueba—, sino que no permita que cedamos, que no nos deje entrar y consentir en aquello que nos separa de Él. San Pablo nos asegura que «Dios no permitirá que seáis tentados por encima de vuestras fuerzas» (1 Corintios 10, 13). Es una petición de vigilancia y de humildad (Catecismo, n. 2846-2849).

«Y líbranos del mal». La última petición no se refiere a un mal abstracto, sino al Maligno, el que se opone al designio de Dios. Pedimos ser librados de su poder y vivir en la paz que el mundo no puede dar. Con esta súplica, la Iglesia presenta ante el Padre toda la miseria del mundo y le pide la liberación definitiva (n. 2850-2854).

Y todo culmina en el «Amén»: un «sí, así sea» que hacemos nuestras todas las peticiones, sellando con la fe lo que acabamos de pedir (n. 2855-2856).

Una oración para hoy

Conviene rezarlo despacio. Hay quien dedica un Padre Nuestro entero a una sola frase, deteniéndose donde el corazón se lo pide: un día en el «perdona», cuando le cuesta perdonar; otro en el «hágase tu voluntad», ante una noticia difícil. Hay matrimonios que lo rezan juntos antes de dormir, y peregrinos que lo musitan al ritmo de sus pasos. No es magia ni fórmula: es entrar, una y otra vez, en la confianza de un hijo que habla con su Padre. Quien aprende a rezar de verdad el Padre Nuestro, ha aprendido a rezar.

Fuentes

  • Sagrada Escritura: Mateo 6, 9-13; Lucas 11, 1-4; Romanos 8, 15; Gálatas 4, 6; Mateo 26, 39; Mateo 6, 14-15; Santiago 1, 13; 1 Corintios 10, 13; Ezequiel 36, 23.
  • Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2759-2865.
  • Misal Romano, tercera edición oficial para España (2017).
  • Tertuliano, De oratione; san Cipriano, De dominica oratione; san Agustín, Carta 130 a Proba; Didaché 8, 3.

Sobre el autor

Este artículo forma parte de «Oraciones y rezos cristianos», la serie de Productos Religiosos dedicada a redescubrir el tesoro de la oración católica. Escribimos desde la fe y con rigor, acudiendo siempre a la Escritura, al Catecismo y a la tradición viva de la Iglesia, para que cada oración vuelva a ser lo que siempre fue: un encuentro con Dios.

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