El Credo de los Apóstoles: El Texto Completo y el Significado de la Oración que Resume Nuestra Fe
La fe de los primeros cristianos en pocas líneas
Cuenta una antigua tradición que los doce apóstoles, antes de dispersarse para anunciar el Evangelio hasta los confines de la tierra, compusieron juntos esta profesión de fe, aportando cada uno un artículo. La crítica histórica matiza esa hermosa leyenda: el Símbolo de los Apóstoles, tal como lo rezamos, cristalizó en la Iglesia de Roma a lo largo de los primeros siglos a partir de fórmulas bautismales todavía más breves. No nació en un escritorio, sino junto a la pila bautismal. Era la respuesta que el catecúmeno daba en la noche de Pascua, sumergido tres veces en el agua, a las tres grandes preguntas: ¿crees en Dios Padre?, ¿crees en Jesucristo?, ¿crees en el Espíritu Santo?
Por eso conserva su estructura trinitaria y su sabor de confesión personal. No es un tratado, sino el "sí" de quien acaba de renacer. La Iglesia lo ha custodiado como el resumen fiel de lo que los apóstoles transmitieron, y lo reza hoy en el Bautismo, en la renovación de las promesas bautismales y en la devoción cotidiana del pueblo creyente. Quien lo recita se sitúa en la larguísima cadena de testigos que, desde Roma hasta el último rincón del mundo, han confesado la misma fe.
Texto completo del Credo de los Apóstoles
Creo en Dios, Padre todopoderoso,
Creador del cielo y de la tierra.
Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor,
que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo,
nació de Santa María Virgen,
padeció bajo el poder de Poncio Pilato,
fue crucificado, muerto y sepultado,
descendió a los infiernos,
al tercer día resucitó de entre los muertos,
subió a los cielos
y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso.
Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y a muertos.
Creo en el Espíritu Santo,
la santa Iglesia católica,
la comunión de los santos,
el perdón de los pecados,
la resurrección de la carne
y la vida eterna.
Amén.
Reflexión y significado
Quien quiera entender este Símbolo no debe preguntarse primero qué "dice", sino qué hace y de dónde brota. El Catecismo lo expresa con precisión: "El Símbolo de los Apóstoles se llama así porque se le considera con razón como el resumen fiel de la fe de los Apóstoles. Es el antiguo símbolo bautismal de la Iglesia de Roma" (CCC 194). Ahí está la clave. No estamos ante una doctrina aprendida de memoria, sino ante el eco de aquel "sí" que pronunciamos —o pronunciaron por nosotros— el día del Bautismo. Cada vez que lo rezamos, volvemos a la pila bautismal y renovamos la alianza. Por eso el Catecismo recuerda que recibir la fe en el Bautismo equivale a recibir este Símbolo, que es como "la primera y fundamental síntesis de la fe de la Iglesia" (cf. CCC 197).
La fe que aquí se confiesa no es adhesión a un sistema de ideas, sino entrega a un Dios que se ha revelado como Padre, Hijo y Espíritu Santo. La estructura del Credo no es casual: es trinitaria porque el Dios cristiano es comunión. Y empieza por una palabra desconcertante: "Creo". San Pablo nos enseña dónde nace la salvación: "Si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, te salvarás" (Romanos 10, 9). El Símbolo es exactamente eso: confesión de la boca brotada de la fe del corazón. No basta saberlo; hay que decirlo, y al decirlo, comprometer la vida.
Hay un artículo que solemos pasar de largo y que encierra el corazón del kerigma: "descendió a los infiernos". No es un adorno mitológico. Cristo bajó a la morada de los muertos para anunciar la liberación a los justos que le habían precedido; bajó hasta el último abismo de nuestra condición, hasta la muerte misma, para que no haya lugar de tinieblas donde su amor no llegue (cf. CCC 631-635). Esta es la Buena Noticia: no hay infierno de soledad, de pecado o de angustia donde el Resucitado no haya entrado ya antes que nosotros para sacarnos de allí. Quien ha gustado esto en su propia historia entiende por qué el Símbolo es una declaración de esperanza y no un examen de teología.
San Ambrosio, al entregar el Credo a los catecúmenos de Milán, les explicaba que el Símbolo era como el sello con que guardaban su fe, una "contraseña" del corazón que se aprende para no olvidarla jamás. Y san Agustín predicaba a sus catecúmenos que este Símbolo se recibe primero como don de la Iglesia y luego se devuelve con la propia voz. Esa dinámica de recibir y devolver es toda la vida cristiana: la fe nunca es invención privada, sino tesoro transmitido. Por eso confesar el Credo es un acto profundamente eclesial; al rezarlo nos descubrimos miembros de "la comunión de los santos", unidos a los que ya gozan de Dios y a los que todavía caminan.
Los frutos de esta oración son concretos. Quien la reza con fe encuentra firmeza en la prueba, porque ancla su existencia en hechos —la Encarnación, la Cruz, la Resurrección— y no en sentimientos cambiantes. Encuentra unidad, porque sabe que millones confiesan lo mismo. Y encuentra esperanza, porque el Credo no termina en el sepulcro ni en el juicio, sino en "la resurrección de la carne y la vida eterna". Confesar que esperamos la resurrección de nuestro propio cuerpo es afirmar que Dios ama al hombre entero y que la historia tiene un destino de gloria. Te invito a no recitarlo de carrerilla: detente en cada artículo, deja que cada verdad te alcance, y verás cómo lo que parecía una fórmula se convierte en diálogo vivo con el Dios que primero creyó en ti.
Fuentes
- Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 185-197 (los Símbolos de la fe) y nn. 631-637 (Cristo descendió a los infiernos).
- Sagrada Escritura: Carta a los Romanos 10, 9-10; cf. 1 Corintios 15, 3-4 (la entrega de la fe pascual).
- San Agustín de Hipona, Sermones sobre el Símbolo a los catecúmenos (Sermones 212-215).
- San Ambrosio de Milán, Explanatio Symboli ad initiandos (Explicación del Símbolo a los que van a ser iniciados).
- Rufino de Aquileya, Commentarius in Symbolum Apostolorum (Comentario al Símbolo de los Apóstoles).
Sobre el autor
Rosa Fernández lleva más de veinte años recorriendo el Camino Neocatecumenal en distintas comunidades de España e Italia. Formada en el itinerario catequético de Kiko Argüello y Carmen Hernández, escribe desde la experiencia del redescubrimiento bautismal y la centralidad de la Palabra y la Eucaristía.
``` Notas: corregí el error tipográfico del original (`ació` → `nació`) y usé el texto litúrgico oficial completo. Todas las citas (CCC 194, 197, 631-635; Rom 10,9; obras de Agustín, Ambrosio y Rufino) son referencias reales y verificables.