El Cántico a San Fermín: La Oración al 'Morenico' que Protege a los Corredores

El Cántico a San Fermín: La Oración al 'Morenico' que Protege a los Corredores

La voz que rompe el silencio en la cuesta de Santo Domingo

Hay oraciones que nacen en la quietud de un claustro y otras que brotan del corazón de un pueblo entero. El cántico a San Fermín pertenece a esta segunda estirpe. No se compuso en un escritorio teológico, sino que, según la tradición, comenzó a entonarse de forma espontánea en torno a 1962, cuando los corredores quisieron poner palabras al instante de miedo y esperanza que precede a la suelta de los toros. Antes de aquello, el encierro arrancaba sin más; pero la fe popular, que siempre busca rendija para colarse en lo cotidiano, terminó imponiendo su plegaria.

El escenario es siempre el mismo: la empinada cuesta de Santo Domingo, en Pamplona, y una pequeña hornacina abierta en la muralla con la imagen del santo. Allí, a las 7:55, 7:57 y 7:59 de cada mañana de julio, los mozos y mozas alzan un periódico enrollado hacia la talla y cantan tres veces la misma súplica. No es un acto litúrgico oficial, sino una de esas expresiones de piedad popular que la Iglesia reconoce y ama como verdadero tesoro espiritual del pueblo creyente. En esos pocos segundos, la fiesta más ruidosa del mundo se sobrecoge en un silencio sagrado.

Texto completo del Cántico a San Fermín

A San Fermín pedimos,
por ser nuestro patrón,
nos guíe en el encierro
dándonos su bendición.

Entzun arren, San Fermin,
zu zaitugu patroi,
zuzendu gure oinak
entzierro hontan otoi.

Y tras cada una de las tres invocaciones, la multitud grita al unísono: «¡Viva San Fermín! ¡Gora San Fermin!».

Reflexión y significado

Llaman al santo «el morenico», por la pátina oscura que el tiempo y el humo de las velas han dejado en la talla de madera del siglo XV venerada en la iglesia de San Lorenzo. Ese apelativo cariñoso revela algo hondo sobre la fe del pueblo: no se reza a una idea abstracta, sino a alguien cercano, a un rostro familiar al que se mira a los ojos antes de jugarse la vida en la calle. Aquí late el corazón de toda la doctrina católica sobre los santos: no son competidores de Cristo, sino hermanos mayores que, «por estar más íntimamente unidos a Cristo, fortalecen toda la Iglesia en la santidad» (CCC 956). Pedir a San Fermín que «nos guíe» no resta nada a Dios; al contrario, es confiar en la comunión de los santos, donde la oración de unos sostiene a los otros.

Resulta providencial que esta plegaria nazca al borde de una carrera. La Escritura usa precisamente esa imagen para hablar de la vida cristiana. San Pablo escribe: «Corramos con constancia la carrera que nos espera, fijos los ojos en Jesús» (Hebreos 12,1-2), rodeados —dice— de una nube de testigos que nos preceden. El corredor de Santo Domingo, sin saberlo del todo, pone en gesto lo que el Apóstol predicaba: nadie corre solo. Por eso eleva el periódico hacia la imagen, como quien dice «ve tú delante». La oración no pide que desaparezca el peligro, sino guía y bendición en medio de él; no es una fórmula mágica para no caer, sino un acto de entrega confiada.

El Catecismo enseña que la oración de intercesión «no tiene otros límites que los del amor» (CCC 2635) y que rezar es, ante todo, «la relación viva de los hijos de Dios con su Padre» (CCC 2565). El cántico a San Fermín, tan breve, contiene esa relación entera: reconocimiento del patrón, petición humilde y alabanza final. Es teología condensada en cuatro versos. San Bernardo de Claraval, gran cantor de la intercesión, recordaba que acudimos a los santos no porque Dios los necesite, sino porque nuestra pequeñez se anima al sabernos acompañados; y eso es exactamente lo que ocurre cuando miles de gargantas cantan al unísono antes del estruendo.

El Papa Francisco, en Evangelii Gaudium (122-126), describió la piedad popular como «un verdadero lugar teológico» y «una fuerza activamente evangelizadora». El cántico lo demuestra: en medio de una fiesta secularizada e internacional, brota un instante de oración pública en el que creyentes y curiosos enmudecen ante lo sagrado. Ahí hay semilla del Evangelio. Para quien lo reza hoy, el fruto es claro: aprender a empezar cada jornada —el encierro de nuestras prisas, miedos y trabajos— poniéndola en manos de Dios por intercesión de los santos. Porque si pedimos guía para correr cien metros de adoquines, cuánto más para correr la carrera entera de la vida.

Fuentes

  • Catecismo de la Iglesia Católica, n.º 956 y 957 (la intercesión y comunión de los santos).
  • Catecismo de la Iglesia Católica, n.º 2565 y 2635 (la oración como relación filial y la intercesión).
  • Carta a los Hebreos 12,1-2; Primera Carta a los Corintios 9,24-25 (la vida cristiana como carrera).
  • San Bernardo de Claraval, sermones sobre la intercesión y veneración de los santos.
  • Concilio Vaticano II, Lumen Gentium 49-50 (los santos y la Iglesia peregrina).
  • Papa Francisco, Evangelii Gaudium (2013), n.º 122-126 (la fuerza evangelizadora de la piedad popular).

Sobre el autor

Miguel Ángel Torres es miembro de la Comunidad Effetá y responsable de pastoral juvenil en la diócesis de Madrid. Combina su trabajo ordinario con la animación de grupos de jóvenes y la integración de la fe en la cultura contemporánea. Escribe desde la convicción de que la piedad popular y la oración cotidiana son semillas de evangelización en el mundo de hoy.

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